La
Familia Torres está de celebración. Este año llega al mercado la 50ª añada del emblemático cabernet sauvignon Mas La Plana 2020.
Considerado uno de los mejores cabernets mediterráneos, este vino encarna una historia de determinación y visión enològica protagonizada por Miguel A. Torres, cuarta generación de la familia.
La historia de un vino: Mas La Plana
Miguel A. Torres fue el primer miembro de la saga familiar en cursar estudios específicos en el mundo del vino. Tras licenciarse en Químicas en Barcelona, se trasladó a Dijon (Francia) para formarse en enología. Nos situamos a principios de los años sesenta del siglo XX, cuando en el Penedès la uva se destinaba mayoritariamente a la elaboración de cava. Era todavía la época de las grandes producciones, con el objetivo puesto en obtener el máximo rendimiento en kilos por hectárea. La necesidad de recuperar la enorme inversión que había supuesto la replantación posterior a la filoxera seguía condicionando la mentalidad de la mayoría de viticultores y elaboradores.
A partir de aquellos años, sin embargo, empiezan a levantarse voces que defienden la necesidad de controlar los rendimientos para poder aspirar a una mayor calidad y producir vinos mejores.
De regreso a casa desde Francia, armado con nuevos conocimientos y con la ilusión de hacer las cosas de manera distinta, Miguel A. Torres se plantea un reto que en aquel contexto resultaba casi transgresor: elaborar un gran vino tinto en una tierra de blancos, utilizando la que en ese momento se consideraba la variedad responsable de algunos de los vinos más prestigiosos del mundo, el cabernet sauvignon.
Pese a la oposición de su padre —Miguel Torres Carbó, el hombre que había hecho renacer la bodega tras su destrucción en 1939 elaborando vinos a partir de variedades tradicionales de la zona—, Miguel A. decidió plantar algunas cepas de cabernet en la viña familiar que rodea Mas La Plana, en Pacs del Penedès.
En 1964, el mismo año en que los Beatles desembarcan en Estados Unidos y la diseñadora Mary Quant presenta la minifalda en Londres, se plantan las primeras cepas de
cabernet sauvignon en un suelo arcillo‑calcáreo en pleno corazón del Penedès central. Se dice que algunas de estas cepas procedían de esquejes de cabernet de un prestigioso château de Pomerol, que había recuperado Jean Leon. La plantación se prolongó hasta bien entrada la década de 1970, sustituyendo poco a poco las variedades que anteriormente ocupaban la viña.
En 1970, Miguel A. Torres presenta el nuevo vino a su padre, introduciendo cabernet sauvignon en el Gran Coronas Reserva Black Label y creando un coupage singular: 70% cabernet sauvignon, 20% tempranillo y 10% monastrell. Que se embotellara en una botella de estilo borgoñón, y no en la clásica bordelesa, obedeció a una simple cuestión de disponibilidad de vidrio; las dificultades de aprovisionamiento de botellas no son, ni mucho menos, un fenómeno reciente.
Durante la década de 1970, el Gran Coronas Reserva Black Label puede considerarse un vino “experimental”: además de incrementar progresivamente la superficie plantada y la producción, el joven enólogo ensayaba otras variedades, como el cabernet franc, que sustituyó al monastrell al año siguiente. En las añadas 1975, 1976 y 1977, el coupage fue de 90% cabernet sauvignon y 10% cabernet franc.
En aquellos años, la viticultura se basaba todavía en rendimientos elevados; las maceraciones se alargaban unas dos semanas y la crianza se realizaba en roble americano nuevo durante los seis primeros meses y en barricas usadas hasta completar unos 18 meses.
Sin embargo, cuando la intención es crear un gran vino tinto en una región tradicionalmente de blancos, sin limitarse a imitar Burdeos en el Penedès, la extraordinaria adaptabilidad del cabernet sauvignon y su capacidad para reflejar el carácter del lugar donde se cultiva la convierten en la variedad ideal. Por ello, a partir de 1978, el Gran Coronas Reserva Black Label pasa a ser un vino monovarietal de cabernet sauvignon, siempre con la mirada puesta en expresar la identidad de la variedad en un clima mediterráneo.
El empeño del joven Miguel A. Torres por elaborar un gran tinto en el Penedès se ve recompensado en 1979 con un acontecimiento que marcará un antes y un después. Desde 1976, Francia organiza catas a ciegas en las que los grandes vinos franceses se enfrentan a vinos elaborados fuera de sus fronteras. Si el célebre “Juicio de París” supuso un primer revés para los grandes vinos —especialmente los de Burdeos—, la Olympiade des Vins, organizada por la prestigiosa revista Gault et Millau, no solo certifica que fuera de Francia se elaboran grandes vinos (a partir de variedades mayoritariamente francesas), sino que consagra la primera añada de lo que acabará llamándose Mas La Plana: en la cata a ciegas, el vino queda en primera posición por delante de châteaux tan prestigiosos como Latour, Pichon Lalande o Haut‑Brion. Curiosamente, el tradicional Coronas también obtiene un resultado notable, alcanzando la séptima posición. Una posterior cata a ciegas en Francia viene a confirmar los sueños y el trabajo de Miguel A. Torres.

Durante la década de 1980 se reducen los rendimientos en viña, se adopta un enfoque mucho más ecológico y se alargan las maceraciones. Se introduce progresivamente el uso de roble francés para la crianza, hasta que a principios de los años noventa pasa a utilizarse exclusivamente madera de esta procedencia. Es también en esa década cuando se empieza a incluir el nombre de la finca, Mas La Plana, en la etiqueta, inicialmente en letra pequeña y solo para algunos mercados específicos.
Con los años noventa llega un nuevo giro: la recuperación de los valores más nobles del vino tinto, como un color intenso y una estructura poderosa. A partir de la añada 1991, Mas La Plana se consolida como un vino de gran envergadura gracias al notable potencial del suelo, a las viejas cepas de cabernet sauvignon y al particular microclima de Pacs del Penedès.
Con la añada 1990, el nombre Mas La Plana comienza a aparecer en la etiqueta con un tamaño más destacado, mientras que la mención Gran Coronas se reduce y pasa a situarse bajo el nombre de la viña. A partir de 1995, las etiquetas mencionan únicamente Mas La Plana y, dos años más tarde, se añade el nombre de la variedad.
Entre las añadas 2004 (excepcional para los tintos del Penedès) y 2011 se impone una profunda reflexión. La meticulosa atención dedicada a esta viña —con cepas que ya alcanzan una edad venerable— y la voluntad de mostrar un terruño verdaderamente excepcional conducen paulatinamente a un estilo de elaboración orientado a este objetivo. Mas La Plana es, probablemente, el cabernet mediterráneo por antonomasia, y esto es precisamente lo que debe encontrarse en cada botella.
Se realiza un seguimiento minucioso de cada una de las 11 parcelas. Diferencias de altitud de hasta 5 metros, variaciones en la orientación de las cepas o matices en la afloración del sustrato calcáreo hacen que cada parcela sea única y muestre un carácter propio. Estas diferencias y la vinificación por separado de cada unidad de parcela se llevan a cabo casi desde los inicios del vino y constituyen uno de los rasgos más relevantes de su elaboración.
En el ámbito de la viticultura, la finca se certifica como ecológica en 2008. Ese mismo año se pone en marcha el programa “Torres & Earth”, con el objetivo de reducir de manera significativa las emisiones de CO₂ y avanzar hacia una mayor sostenibilidad. Un programa que ha situado a Familia Torres como pionera y, aún más importante, como motor e inspiración para bodegas de todo el mundo. Ese año también se inaugura la bodega Waltraud, dedicada exclusivamente a la elaboración de los grandes vinos de la familia.
La búsqueda constante de la excelencia y, sobre todo, la voluntad de que los grandes vinos —y en particular Mas La Plana— expresen un terruño y una viña únicos, impulsa una evolución en los criterios de elaboración, alineados con estas premisas y con la necesaria adaptación al cambio climático que afecta a los viñedos del Penedès. Con la 40ª añada, la de 2010 —fresca y de gran calidad—, se reduce el tiempo de maceración y las temperaturas de fermentación, y se opta por una crianza en roble de la cual aproximadamente un 70% se renueva cada año.
En 2016 se introduce el uso de fudres para la fermentación y la maceración, un paso más en el objetivo de extraer la expresión más pura y auténtica de las uvas procedentes de esta viña singular. La inauguración, en julio del mismo año, de la nueva sala de vinificación imprime todavía un mayor impulso a esta búsqueda de pureza y autenticidad.
Cuando Torres decide implantar la viticultura regenerativa, lo hace precisamente en sus dos fincas más emblemáticas y preciadas: Mas de la Rosa, en el Priorat, y Mas La Plana, en el Penedès. En la actualidad, la finca del Penedès cuenta con su propio rebaño de ovejas, colmenas para la producción de miel y nuevas plantaciones que sustituyen las parcelas más viejas, reconfiguradas en sistemas de conducción como el eje vertical, cuyo objetivo principal es la gestión de la sombra para lograr una maduración progresiva y equilibrada. Se favorece igualmente la presencia de cubiertas vegetales, árboles frutales y otras especies vegetales con el fin de incrementar la biodiversidad.
Se trata de un nuevo paso adelante en la senda de la sostenibilidad y la excelencia. Las viñas reciben riegos de apoyo con agua regenerada procedente de la propia bodega, mientras que aproximadamente la mitad de la energía utilizada se genera a partir de fuentes renovables. En los últimos años, la apuesta por la viticultura regenerativa se ha reforzado mediante la implantación de prácticas de agroforestería: entre cada seis hileras de viña se plantan árboles y arbustos cuyas copas ayudan a mitigar la radiación solar directa y a enriquecer la biodiversidad en cada parcela. Más recientemente, la botella se ha aligerado de manera significativa, reduciendo su huella de carbono y reforzando nuestro compromiso a largo plazo con unas emisiones más bajas y una producción de vino más sostenible.
Miguel A. Torres sigue siendo hoy el enólogo responsable de Mas La Plana, con la inestimable colaboración de Joan Calvet, especialista de la casa en cabernets y merlots desde su incorporación en la década de 1990. El profundo conocimiento que ambos tienen de la viña y de la variedad, así como el seguimiento detallado de todos los factores que la afectan —incluidos los periodos de sequía y el aumento de las temperaturas en los últimos años—, les permite presentar al mundo la 50ª añada de un vino que se ha convertido en mito:
Mas La Plana 2020.
El viaje de Mas La Plana nació de una ambición valiente en 1970 y hoy, la cosecha 2020 prolonga este legado de excelencia. Ha sido distinguida con el premio “Best of Show Penedès” en Mundus Vini 2026, una medalla de oro en el Global Cabernet Sauvignon Masters 2026 (The Beverage Business) y 94 puntos de Wine Spectator, entre otros reconocimientos. Este prestigio continuado afianza el estatus de Mas La Plana como una auténtica leyenda en el mundo de los grandes vinos.
Sergi Castro Solé
Sommelier