Monovarietal de Garnacha Blanca, este vino se despliega como una experiencia armoniosa y envolvente que culmina en un final de gran frescura y persistencia. Más allá de su calidad técnica, su nombre rinde homenaje al habla propia de Batea, reafirmando con orgullo la autenticidad y el sentido de pertenencia a su tierra. Es una reinterpretación fiel del paisaje donde nace, una declaración de intenciones que busca reivindicar una forma de ser y de expresarse, conectando directamente la esencia del entorno con el carácter único de quienes lo elaboran.
Gastronomía
Este blanco de gran peso y estructura se convierte en el compañero de lujo para platos de alta intensidad marina, como una caldereta de bogavante o una selección de mariscos a la plancha, donde su untuosidad abraza los sabores yodados. Su sorprendente equilibrio y las notas de fruta madura permiten incluso un juego gastronómico arriesgado y fascinante con postres cítricos, como unas rodajas de naranja con azúcar. Es, en definitiva, un vino con la personalidad suficiente para elevar tanto los sabores más nobles del mar como los contrastes dulces y frescos más originales.
Historia bodega
Cellers Tarroné, una bodega familiar arraigada en la DO Terra Alta desde 1989, fue fundada por Rafel Solé Pubill y Concepción Albesa Giné, quienes sentaron las bases de su legado enológico a pesar de las adversidades iniciales. Tras un impulso renovador de Josep Solé Albesa, que culminó póstumamente con el primer vino embotellado, Mas Tarroné (1993), su esposa Mercè Llop Galcerà continuó su visión, lanzando el primer vino de crianza de la bodega, Torremadrina (2000), procedente de la finca homónima. La expansión con nuevas fincas y una profunda modernización de la bodega en 2004 permitieron diversificar la producción y mejorar la calidad. En 2014, la cuarta generación introdujo las gamas Punt i… Seguit y A part, marcando una nueva etapa con una imagen renovada y una apuesta por el enoturismo, consolidando así el futuro de la bodega.
Nota de Cata
En copa se presenta con sugerentes tonalidades doradas y reflejos pálidos, exhibiendo un movimiento denso que dibuja una lágrima de caída pausada. Su perfil aromático es una evolución constante: comienza con la delicadeza de las flores blancas y frutas de hueso, para abrirse paso hacia notas de melocotón y albaricoque maduro con sutiles matices de su paso por barrica. En boca, este blanco rompe esquemas por su untuosidad y peso, ofreciendo una experiencia densa que no deja indiferente a nadie. Gracias a su excelente acidez, logra un recorrido largo y persistente, equilibrando a la perfección la complejidad de su crianza con una frescura vibrante.